PENSAR ES CREAR

 

PENSAR ES CREAR[1]

Alberto J. Merlano A.[2]

 

En este artículo se indica cómo usar el pensamiento para crear lo que anhelamos materializar en nuestra vida.

 


 

 

MARCO DE REFERENCIA[3]

 

Algunos maestros espirituales consideran que el propósito inmediato de nuestra manifestación en este planeta es reconocer la realidad de que pensar es crear y aprender a usar en forma consciente[4] y responsable esta facultad. 

Los pensamientos, seamos o no conscientes de ellos, generan  emociones. Sin pensamientos no hay sentimientos, porque estos últimos surgen de la interacción dinámica de todos los pensamientos que tenemos cuando reflexionamos; por lo tanto, los sentimientos se pueden gobernar por medio del pensamiento. Si manejamos lo que pensamos, controlamos lo que sentimos. 

Llamamos sentipensamientos a la interacción entre pensamientos y sentimientos. Tenemos voluntad, llamada también libre albedrío. Ella nos proporciona la energía que usamos para pasar de los sentipensamientos a la acción consciente. 

La energía —cuya definición en estado puro, es decir no ligada a la materia, es esquiva a la ciencia—, es el componente primario de todo lo que es; sin ella nada existiría. La materia en sus diversos estados, sólida, líquida y gaseosa, es energía “densificada”. Entre menor vibración, más densidad. Su manifestación es el universo y todo lo que en él existe.  El vacío, que todo lo interpenetra puede ser entendido como energía en equilibrio o en reposo, energía no manifestada. 

La energía, manifestada e inmanifestada, que equivale a lo que llamamos Dios, posee información y es consciente de sí y de todo aquello en lo que se transforma.  Lo que llamamos amor es, del mismo modo, inherente a su naturaleza. 

No hay en su esencia separación entre el manifestador, Dios —la energía consciente que es, conoce y puede— y lo manifestado, el universo. Dios se manifiesta a través de sus creaturas; sin embargo, el grado en el que despliega su conciencia, sentipensamientos y voluntad, depende de la perfección del medio usado para expresarse: la afinidad química en lo material, la conciencia de sí y del entorno en lo vegetal, la conciencia de su cuerpo y del hábitat en los animales, la autoconsciencia en los seres humanos, etcétera.[5] 

El hecho de que Dios sea uno con el universo no implica que pierda la consciencia de sí mismo, olvidándose de quien es. Podemos entonces decir que Dios es consciente de sí como fuente de la que todo emana y que es, por igual, consciente de todo aquello en lo que se transforma. No es estático sino que interactúa con su creación, la afecta y es afectado por ella. Se percata de cada gorrión que cae, porque es cada gorrión que cae.[6] 

La finalidad de la manifestación parece responder a la necesidad de Dios, o la energía, de ser todo lo que es posible ser, tanto en el campo material como en el mental-emocional. La manifestación evoluciona hacia la creación de medios cada vez más adecuados para expresar el potencial divino, presente en cada centro de conciencia que existe en el universo. 

La conciencia se manifiesta en los seres humanos a través de un cuerpo espiritual que llamamos alma, que al encarnar toma un cuerpo físico que desarrolla un cuerpo energético de menor densidad que el físico y un cuerpo racional-emotivo. El cuerpo energético y el racional- emotivo sobreviven un tiempo después de la muerte del cuerpo físico. 

La espiritualidad oriental es unánime en su creencia de que el alma reencarna acumulando las experiencias vividas en cada encarnación. El aumento en sabiduría del alma conlleva la posibilidad de expresar cada vez más su potencial divino. Este es el significado espiritual de lo que llamamos evolución. 

El nivel de evolución del alma humana depende de la forma en que experimenta su propia identidad, ¿Quién soy YO?, y del grado de unidad y compromiso que, como parte del universo, experimenta con las demás partes, ¿a quiénes considero mis hermanos? A mayor nivel de evolución mayor sentido de unidad y de amor incondicional a los otros seres que forman parte del universo, lo que equivale a menor egoísmo y mayor altruismo. 

La evolución admite grados. Puede haber, por ejemplo, compromiso solo con uno mismo, con el grupo social y económico con el que nos identificamos, con las personas que sentipiensan como uno, con todos los seres humanos, con la totalidad del planeta —incluyendo plantas y animales, además de personas—, etcétera.[7] 

En el universo existen jerarquías basadas en la información y el poder que se deriva del uso de esta. Nosotros, los seres humanos —según el nivel de evolución de nuestra alma—, también poseemos información y como consecuencia de esta, poder. A mayor grado de evolución más información y, por lo tanto, más poder. 

El universo es una red de centros de conciencia conectados a una conciencia global que contiene la totalidad de la información de todo lo creado. Todo en el universo está interrelacionado, el todo con las partes y las partes con el todo. No obstante, el todo, Dios, es más que la sumatoria de sus partes. 

Lo anterior es similar a lo que el físico estadounidense, David Bohm (1917-1992),[8] denominó, en su teoría del orden implicado, universo holográfico. 

En el universo coexisten realidades espirituales y materiales. De hecho, la diferencia entre lo espiritual y lo material es solo asunto de grados. Mientras mayor sea la vibración de la energía, más sutil o “espiritual” será lo manifestado. 

Según afirma la metafísica que soporta este artículo, existimos en un universo regido por leyes físicas y espirituales. Las leyes físicas son investigadas por las ciencias naturales. Las leyes espirituales son conocidas por sus efectos positivos en las personas cuando se las respeta y negativos cuando se las viola. También nos enteramos de ellas por medio de revelaciones realizadas por maestros espirituales a seres de avanzada evolución espiritual y por testimonios de místicos —el nivel de espiritualidad más alto conocido— provenientes de diversas tradiciones religiosas. 


LA CLAVE

 

Los seres humanos por medio de nuestros sentipensamientos y de nuestra voluntad, entendida como algo que emana de nuestra alma, podemos transformar individual y/o colectivamente nuestra realidad interior así como la social y material. La energía puede ser afectada por el YO —la autoconsciencia presente en cualquier ser humano—, mediante el empleo de la mente, el uso de la voluntad fortalecida por la fe y la acción orientada hacia resultados. 

Todo propósito claramente formulado, unido a la voluntad de realizarlo, tiende a materializarse. A mayor claridad mental y mayor fe en su ejecución, entendida la fe como certidumbre de lo incierto, según la bella definición del psicoanalista social Erich Fromm, (1900-1980), mayor tendencia tendrá ese propósito a realizarse; sin embargo, sin acción el binomio sentipensamiento y fe no parece ser eficaz. Esto nos lo recuerda el apóstol Santiago cuando dice que la fe sin obras está muerta (Santiago 2:14-26). Es igualmente importante recordar que el poder del pensamiento para transformar la realidad opera dentro de los límites establecidos por las leyes espirituales del universo. No debemos esperar que ni Dios, ni otras instancias del universo, hagan por nosotros lo que, dado nuestro nivel evolutivo, podemos hacer por nosotros mismos. 

Dios trasciende e incluye al universo; así, puede existir sin que el universo exista. Al universo —entendido como una especie de computador impersonal regido por las leyes emanadas de Dios y afectado por todos los sentipensamientos y las acciones de los seres que en él existen—, podemos programarlo con nuestros sentipensamientos y acciones. A Dios debemos solicitarle su ayuda sometiéndonos a su voluntad, al universo podemos ordenarle. Entre mayor claridad de propósito y de fe, mayor probabilidad de que nuestra programación pueda hacerle frente con éxito a programaciones que le sean contrarias. Una acción colectiva, por ejemplo la oración comunitaria, puede ser más poderosa para afectar la realidad que una actuación individual porque transforma la energía personal en energía grupal puesta al servicio de un propósito consensuado. 

Hacer realidad la declaración “pensar es crear”, que sirve de título a este artículo, exige integrar los sentipensamientos, la fe y la acción consciente —la trilogía creadora—. El solo sentipensamiento no crea cuando está ausente cualquiera de estas condiciones. 

El universo no responde a la inacción. Hemos de ponernos en movimiento y discernir, a partir del fluir de los acontecimientos, la voluntad impersonal del universo, fruto de la interacción de las múltiples variables que en él se dan cita. Lo que fluye, aun lentamente, es señal positiva; lo que no, es señal negativa. Es igualmente necesario que aprendamos a determinar cuándo debemos insistir y cuándo es conveniente renunciar a lograr lo que anhelamos. 

Tanto si creemos que podemos como si creemos que no, estamos en lo cierto, porque la posibilidad o imposibilidad de algo radica sobre todo, aunque no únicamente, en nuestra mente. Son las creencias sobre nosotros mismos y nuestras posibilidades de éxito, no los hechos, las que más influyen en que se conviertan en realidad nuestros sueños; son ellas, las creencias, las que determinan para cada uno de nosotros las fronteras de lo posible. 

Existe una correlación directa entre el nivel de evolución de nuestra conciencia y la información y el poder que de ella emanan. Nuestro poder creador es potencialmente ilimitado, pero en nuestro actual estado de evolución no tenemos toda la información que nos permitiría usarlo a plenitud. Sin embargo, solo podremos conocer nuestros límites si empleamos al máximo el poco o mucho poder que creamos tener. Los resultados mostrarán nuestras posibilidades y limitaciones.

 

   EL PODER DE LA FE Y SUS LIMITACIONES

 

Lo que dificulta que en lo personal logremos nuestros deseos es que somos ignorantes de nuestro potencial para alcanzarlos y carecemos de fe, o, en su defecto, tenemos poca esperanza. Estas apuestas de baja probabilidad poco favorecen los resultados porque le quitan energía a la acción necesaria para pedirle al universo que nos ayude a que nuestros sueños se hagan realidad. 

Por el contrario, si sabemos con claridad lo que queremos y si tenemos fe en que es posible lograrlo, podemos, dentro de las limitaciones de nuestro nivel evolutivo, lograr su obtención, no importa si para fortalecer nuestra fe confiamos en poderes distintos al propio —Dios, la virgen María, un santo—, porque es más importante la fe que aquello en lo que la soportamos, pues es ella la que nos proporciona la fuerza para mover montañas de la que nos hablan los evangelios.[9]

Esta fe ciega en los resultados, entendida como certidumbre de lo incierto, es distinta a la esperanza. La fe equivale a certeza y no deja margen para la duda. No se trata de creer que se puede, sino de saber que se puede y esto, de parte nuestra, nace de la conciencia de lo que somos, hijos de Dios, uno con el Padre y del poder que el conocimiento de ese hecho deriva, lo que demanda un alto nivel de conciencia, o de la fe en la ayuda de Dios u otro ente, que permitan que la fe emerja en nosotros. 

La fe junto con la esperanza y la caridad —equivalente al amor—, son consideradas por la Iglesia católica como virtudes teologales o infusas, es decir, que nos las concede Dios gratuitamente sin que, necesariamente, hayamos hecho mérito para ello. Podemos solicitarle a Dios que la fe surja en nosotros, pero no nos es posible generarla mediante el uso de nuestra voluntad, solo queriéndolo. 

Si llegamos a experimentar el tipo de fe de la que hablamos aquí, una fe que nos lleve al punto de dar por hecho lo que anhelamos y hasta de dar de antemano las gracias por ello, lancémonos a la acción sin titubeo alguno porque experimentarla es, desde la perspectiva espiritual, garantía de éxito. 

¿Qué sucede cuando, como es lo usual, si en lugar de fe solo tenemos esperanza más o menos alta, de obtener lo que queremos? Si nuestros sentipensamientos son claros y están acompañados de la voluntad de materializarlos, no necesariamente se convertirán en realidad porque la claridad de propósitos y la esperanza, no importa cuán elevada sea, no son garantía suficiente de que lo que queremos se realice según nuestros deseos. Solo la fe, garantiza los resultados, y esta como hemos visto, no depende de nosotros. 

Además de la fe hay muchas variables que pueden incidir en los resultados; por ejemplo:  el nivel de evolución de nuestra alma, la calidad y cantidad de las fuerzas opuestas a las propias aspiraciones, los deseos de otros seres humanos, nuestros propios anhelos inconscientes, las leyes impersonales del universo,  etcétera. Todas ellas conspiran contra la posibilidad de lograr exactamente lo que queremos. 

Una de las fuerzas impersonales del universo que más determina la posibilidad de lograr lo que anhelamos es la llamada ley de la correspondencia. Dicha ley establece que siempre tenemos lo necesario para cumplir el plan de aprendizaje de nuestra alma y que, desde la perspectiva de la evolución en conciencia de nuestro ser, hay una diferencia significativa entre lo que queremos y lo que necesitamos. Una de sus aplicaciones es que solo obtenemos lo que necesitamos para la evolución de nuestra alma y que ello depende de la etapa de desarrollo en la que esta se encuentre y del programa de aprendizaje en el que esté inmersa. Desde esta perspectiva, si después de hacer nuestro mejor esfuerzo no logramos lo que queremos es porque no lo necesitamos, porque podría obstaculizar nuestro propio proceso de desarrollo o el de las personas con las que tenemos relaciones de interdependencia. 

Gerardo Schmedling (1946-2004), respetado maestro espiritual, sugiere que en caso de duda sobre si somos correspondientes o no con lo que ambicionamos, consultemos al universo intentando obtener lo que queremos un mínimo de tres veces y un máximo de siete.[10]  Igualmente, si nada pasa, aconseja examinar el proceso usado para lograr lo que perseguimos y eventualmente mejorarlo, o si creemos haber hecho nuestro mejor esfuerzo y hemos llevado al límite nuestras fuerzas para obtener lo que pretendemos, preguntar al universo por qué no somos correspondientes con lo que demandamos y esperar su respuesta con la confianza de que llegará. De este modo, de ser necesario, podremos volver a intentarlo buscando hacernos correspondientes con lo que ansiamos o ajustar nuestro propósito a lo que el universo nos señale que es posible obtener. Tenemos igualmente la opción de aceptar con tranquilidad lo que no podemos cambiar, reconociendo que no necesitamos para nuestra evolución espiritual lo que anhelábamos… y dejar de quererlo.  

Una consideración que hemos de tener en cuenta es que, aunque no se dé lo que esperamos, siempre influimos en los resultados. Jamás nuestros esfuerzos, exitosos o aparentemente fracasados, son inútiles, en algo afectan lo que sucede. 

Las razones expuestas explican por qué la llamada Ley de la Atracción no siempre funciona; en esencia, porque no tiene en cuenta las condiciones que deben tener nuestros deseos para materializarse, en particular que la fe no depende sólo de la propia voluntad, que los múltiples deseos que confluyen en el universo compiten con los nuestros y, sobre todo, que lo que anhelamos puede ir en contravía con la ley de la correspondencia. 

Dado lo anterior es recomendable dejar de antemano en manos de Dios los resultados de aquello que no controlamos y aceptar su voluntad con amor, porque esta equivale a la decisión que habríamos tomado si hubiésemos tenido la información que Dios posee sobre cómo repercutiría en nosotros mismos y en los demás lo que anhelábamos obtener.

 

EL SANTO ABANDONO

 

Cuando se trata de movilizar las fuerzas impersonales del universo, o de pedirle a Dios o a sus representantes que se nos concedan nuestros deseos, existe una alternativa distinta a la de buscar obtenerlos mediante el poder que emana de la gran verdad de que pensar es crear. Esta alternativa es la de rendirse de antemano y de forma incondicional a la voluntad de Dios. Es lo que San Ignacio de Loyola (1491- 1556) denominó el santo abandono, que consiste en interpretar las señales del universo y querer sólo aquello que Dios quiera para nosotros. 

La anterior posición está expresada en la muy difundida Oración del abandono, del Beato Carlos de Foucauld (1858-1916) que dice: 

Padre, me pongo en tus manos; haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea, te doy gracias. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas. No deseo más, Padre. Te confío mi alma, te la doy con todo mi amor, porque te amo y quiero darme a Ti. Me pongo en tus manos, sin limitación, sin medida, con una confianza infinita, porque tú eres mi Padre… y yo tu hijo. [11] 

La frase navegar en estado de alerta, usada por el economista creador de la teoría de desarrollo a escala humana, Manfred Max Neef, en una exposición sobre el acto creativo, realizada en Bogotá en la Universidad Javeriana en 1992, puede servir de guía para esta posición existencial. [12] 

Esta entrega a la voluntad de Dios no proviene de la impotencia de quien no puede lograr lo que quiere. Antes bien, es la iluminada elección de alguien que, consciente y conocedor de su propio poder, se da cuenta de que lo más sabio es prescindir de sus deseos, descubrir lo que Dios quiere de él y ajustar la propia voluntad a la del Creador, pues nada sucede en el universo sin el beneplácito de Dios. No es, por lo tanto, pasividad; es acción guiada por los intereses del alma, no los del ego. 

Como en la vida espiritual no hay atajos, si en nuestro camino no hemos llegado todavía al punto del santo abandono, hagamos lo que nuestra voz de la conciencia, o superyó, nos indique y empleemos nuestra mente y voluntad en proporcionarnos las circunstancias de vida que creamos nos convienen. Ya llegará el momento de la entrega, cuando reconozcamos por experiencia que Dios, o su hijo el universo, es mucho más sabio que nosotros. Entretanto, cursemos las “materias” que nos corresponden aprendiendo lo que tengamos que aprender y usemos el poder del pensamiento, la fe, o en su carencia la esperanza, y la acción consciente, para conseguir lo que queramos, sin dejarnos frenar por el miedo o el remordimiento. 

Recordemos siempre: Todo lo que sucede en el universo es perfecto y tiene como propósito la evolución de nuestra alma y/o la de aquellos ligados a nosotros. 

 

ANEXO

 

CÓMO REALIZAR LA PROGRAMACIÓN MENTAL 

 

1.   Estudia, hasta comprenderlos, los fundamentos racionales de la afirmación pensar es crear, planteados en este escrito. 

2.   Define con claridad qué es lo que quieres, enfatizando el qué y el por qué, no el cómo, ni el cuándo. 

3.    Si tienes FE, adelante. si no apuesta, llevando tu esperanza lo más lejos que puedas, a que conseguirás lo que quieres. Si tienes dudas sobre tu propio poder, utiliza un mediador, que puede ser Jesús, la virgen María, un santo, un familiar fallecido, etcétera; no importa quién o qué si fortalece tu esperanza en los resultados.[13] 

4.    Programa lo que anhelas en positivo y en tiempo presente. Lo que se quiere, o algo mejor para ti, está en proceso, o en camino de llegar a ser. 

5.    Realiza la programación en estado de relajamiento mental, repitiéndola durante el tiempo que sea necesario, hasta que sientas que lo que deseas tiene una alta probabilidad de realizarse. 

6.    Sin acción no hay resultados. Ponte en movimiento haciendo la parte que a ti te corresponde para obtener lo que anhelas, confiando en que siempre sucederá lo mejor para la evolución de tu alma. Da de antemano las gracias a Dios o al universo, por ello. [No por lo que quieres, sino por el resultado, el que sea, porque es lo mejor para ti y/o los relacionados contigo]. 

7.    Recuerda el principio enunciado en este artículo: el resultado esperado es directamente proporcional al grado de claridad de propósitos, fe en su obtención y control sobre las variables claves involucradas. Mientras más cercana esté tu esperanza a la certeza, mayor fuerza, o energía, tendrá tu programación. 

8.    Supedita el resultado a la voluntad de Dios, bajo el supuesto de que Él conoce mejor que tú lo que te conviene. Igualmente, acepta que el resultado, aunque nada se obtenga o no te satisfaga del todo, es el mejor posible para ti y para el sistema sociohumano del que formas parte, es decir, para aquellos que se verían afectados por el logro de lo que anhelas. 

9.    Recuerda que la autoprogramación tiene límites porque la mente de Dios lo puede todo, pero no nuestra mente individual en el estado de evolución en el que estamos. Entre otras cosas, la mente individual se encuentra limitada por el grado de certeza de nuestra esperanza, las leyes impersonales del universo – en particular la ley de correspondencia-, y por los deseos de otras mentes que estén en conflicto con los nuestros.  

 

EJEMPLOS DE AUTOPROGRAMACIÓN 

 

Los siguientes decretos, o algo más conveniente para mí, son o están en proceso de ser. YO, hijo de Dios, así lo he decretado, no obstante no se haga mi voluntad sino la de mi PADRE. 

1.    Vivo en consciencia de unidad con todo lo que es. 

2.    Mi salud es excelente y así será hasta el día de mi muerte, que ocurrirá en el momento en que yo, conscientemente, lo decida. 

3.    Mi inteligencia y mi memoria son extraordinarias; recuerdo y asocio con facilidad nombres y rostros. 

4.    Mi voluntad es impecable: logro lo que quiero… o dejo de quererlo. 

5. Disfruto de bienestar económico. El dinero fluye hacia mí en forma abundante y con poco esfuerzo. Mi patrimonio día a día crece más… y más. 

6.    Etcétera. 

Las leyes impersonales del universo siempre trabajan a favor de mi evolución, y en consecuencia todo en mi vida es como debe ser.

 

NOTAS:

 

·   La forma en que están redactadas muestra el sistema correcto de hacerlo, en presente y en positivo. 

·       Haga usted su propia programación utilizando esta guía.

 

 

 



[1] Este artículo está basado en unas reflexiones realizadas por el autor el 6 de enero del 2002. Última revisión, enero 2021.  

[2] Administrador de Negocios, EAFIT; MBA, Universidad del Valle. Profesor de posgrado de las facultades de Administración de la Universidad de los Andes desde 1987 y de la Universidad del Norte, facultades de Administración y Derecho, desde 1998. Consultor en Administración a Escala Humana con énfasis en Manejo de Conflictos. 

[3] El marco de referencia de este artículo es, en términos generales, la doctrina filosófica denominada panteísmo emanantista, que sostiene que el universo y todo lo que en él existe es una emanación de Dios, en donde este mantiene consciencia de sí y de todas sus emanaciones, compartiendo todas ellas con Dios la esencia divina, pero teniendo niveles de consciencia distintos según su grado de evolución. Se complementa lo anterior con algunas de las enseñanzas básicas del maestro Gerardo Schmedling (1946-2004) y las experiencias del autor al aplicar las ideas contenidas en este trabajo a su propio desarrollo espiritual. 

[4] La palabra conciencia tiene dos significados. El primero, sin S, se refiere a la conciencia moral, la distinción entre lo que está bien o  lo que está mal; por ejemplo: Su conciencia le está reprochando la forma en que trató a mi amigo Ramón. La segunda, con S, equivale a percatarse, a darse cuenta de algo; por ejemplo: Me di cuenta de que mis hijos no son conscientes del esfuerzo que hago para pagarles sus estudios. Otro ejemplo podría ser: Soy consciente de mi falta de concentración. Consciencia, con ese, implica separación entre el observador, el YO que se percata, y lo observado, aquello de lo que se percata. No obstante se suele usar el sustantivo conciencia, en el sentido de darse cuenta, en oraciones impersonales que son aquellas que no tienen un sujeto concreto, por ejemplo: La conciencia es característica de la vida. Otro ejemplo sería: Se cree que la conciencia emana del cerebro, etcétera. 

[5] Para una sustentación de lo sostenido en este párrafo ver el artículo del autor titulado Materialismo espiritual, que puede ser obtenido en forma gratuita, solicitándolo al e-mail albertomerlano2009@gmail.com 

[6] “(…) ni un solo gorrión puede caer a tierra sin que el Padre lo sepa” (Mateo 10:29). 

[7] Para obtener más información sobre este tema, ver mi artículo Etapas en el desarrollo de la conciencia, solicitándolo al e-mail señalado en la nota de pie de página número 5 de este artículo. 

[8] Ver La totalidad y el orden implicado, Editorial Kairós, 1987. Primera edición en inglés, en 1980. 

[9] “Les aseguro que, si tienen fe tan pequeña como un grano de mostaza, podrán decirle a esta montaña: trasládate de aquí para allá, y se trasladará. Para ustedes nada será imposible”. Mateo 17:20

[10] Ver, Gerardo Schmedling, Las leyes universales en la vida diaria y Manejo práctico de las leyes de la vida. Existe también un resumen del tema, elaborado por el autor y titulado Las leyes espirituales del universo. Cualquiera de estos trabajos, o todos, pueden solicitarse pidiéndolos al e-mail señalado en la nota de pie de página número 5 de este artículo. 

[11] Existen hoy una multiplicidad de variantes de esta oración. La transcrita es una adaptación de la versión en español según aparece en Wikipedia.

[12] Puede obtenerse copia de esta conferencia, solicitándola al e-mail señalado en la nota de pie de página número 5 de este artículo.

[13] Los mediadores o las ayudas son innecesarios si hemos comprendido que el poder reside en nosotros mismos, pero usarlos puede incrementar nuestra fe, o aumentar nuestra esperanza, de obtener lo que queremos.

 

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